sábado, 11 de julio de 2009

alarmas alarmantes.
















Hay que ver la conchudez de la gente. A las 11:29 de la noche, cuando me presto a escuchar con mucho sentimiento además, una canción tan precisa (para el momento y la emoción) como I'll be (de Edwin McCain), el señor de al lado absurdamente tropieza con una lámpara o machuca la manija de la puerta o se cae dormido sobre el auto en el garaje, quien sabe, y activa la alarma de su casa que suena a todas horas todos los días y en los momentos menos apropiados: un velorio por ejemplo; o un domingo a las 6 de la mañana post-juerga (y con una resaca feroz); o a las 3 de la mañana, o en fin, una infinidad de ocasiones que definitivamente no se prestan para una alarma tan infructuosa como la del vecino torpe.
Y yo que justo empezaba a sentir... mmm... no se, a sentir no más, de lo mas conmovida estaba yo esta noche, dispuesta para cerrar los ojos y soñar despierta (que buena falta me hace).
Maldito vecino bruto que se le ocurre poner alarma sin saber como apagarla y sin saber cómo caminar parece porque realmente, hay que ser bien bestia.

Llamaría a Serenazgo solo por joder, pero es tan ineficaz como gritarle por la ventana "viejo imbécil" o ponerme a llorar o incendiarle la casa o qué se yo.
De cualquier manera, esa alarma del demonio seguirá sonando (o el señor obtuso tropezándose).


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