lunes, 19 de octubre de 2009

la señora betty.


La señora Betty llegaba a tu pabellón a eso de las 10 de la mañana con su maletín negro estilo me-lo-regaló-un-residente-que-a-su-vez-lo-obtuvo-de-un-congreso-de-variaciones-de-la-presión-arterial-en-pacientes-gestantes-con-insuficiencia-renal-crónica.
Llegaba justo después de la visita con su maletín negro repleto de panes con todo lo que te puedas imaginar y desear a esa hora y en el hospital, con su chicha morada o su leche con quacker en botellas de gaseosa que reciclaba todos los días, en lo que pasaba a buscarte a piso.
Pan con palta, pan con huevo frito que siempre estaba frío, pan con lomo, pan con pollo, pan con tamal, pan con aceituna. Todo lo sacaba de su maletín sin fondo, casi como el de Mary Poppins, nunca se acababan los panes y costaban 1 sol, 2 soles si eran con carne.
La esperabas con ansias porque a las 10 de la mañana no habías desayunado todavía por salir apurado de tu casa para estar en el hospital a las 7 en punto de la mañana, en el Rimac, cruzando el centro de Lima, casi cruzando el departamento de Lima, Perú.
Hasta que llegaba ella, justo cuando la panza empezaba a gruñirte en plena visita de la mañana llegaba la señora Betty con sus panes de a sol; poca importancia le dabas a las condiciones salubres o insalubres bajo las cuales preparó los panes que ahora te entregaba con su uña del dedo índice larga, gruesa, amarilla, verde por áreas, la sensación de arcada, la falta de apetito en el momento pero lo recibías igual, porque estás en el hospital, en el Rimac y su uña era lo de menos, sobre todo después de la visita.
Ya después, satisfecho por el pan con huevo o el pan con palta, intentabas espantar los pensamientos de cómo habrá preparado el pan en su casa, con esa uña...
Viviría en una casa de ladrillo de por ahí cerca, en San Martín de Porres, con piso de cemento excepto en el patiecito que daba a la cocina donde era de tierra y lo baldeaban todas las mañanas para que no levante polvo y para amortiguar los olores de pichi de gato que fijo invadían la casa.
La cocina debió ser de gas, blanca con sus áreas medio oxidadas, con su grasa seca alrededor de las ornillas, con olor a gas, a punto de estallar todo el tiempo. Ahí freía sus hamburguesas y sus carnes, compradas en el mercado de por la casa, el mercado sí con piso de tierra también baldeado y con más olores de los que puedas imaginarte. Al costado la mesa de la repostería, de madera con su acabado de plástico blanco también descolorido y pelándose por zonas, cortando la carne con el cuchillo enorme y con olor a ajos. Seguro que todo olía a ajos. En la tabla de picar que era lo que más olía de todo el ambiente, vieja, húmeda, oscura a las 4 o 5 de la mañana, con los pancitos franceces de la bodega/panadería de la esquina, minúsculos, húmedos también, poco crocantes.
Empeñosa debe haber cortado las verduras ahí todas las mañanas, con el mismo cuchillo usado para cortar la carne, con el mismo olor a ajos. Los huevos fritos en la misma sartén que todo lo demás, en el mismo aceite, abundante. Y los platos seguro que eran todos diferentes, de plástico aporcelanado, deteñidos, rayados, algunos con sus abolladuras en los costados, oliendo pésimo.
Y con sus propias manos y su uña muerta, pondría todos los panes en sus bolsas, para ponerlos a su vez en su maletinsote negro y partir al hospital donde todos la recibíamos felices y hambrientos y sabiendo que probablemente el proceso de cocinar era tal cual... nos los tragábamos contentos, pedíamos otrito más, todo para soportar el trabajo duro y de esclavos que estábamos obligados a llevar a cabo por el bien de la salud popular y de nuestras notas.
Se despedía con beso de cada uno de nosotros, nos llamaba por nuestros nombres y preguntaba por nuestras guardias, porque volvería ese mismo día a eso de las 7 de la noche con el mismo maletín repleto de empanadas de carne (con más cebollas que carne), de pollo (con más aire que pollo) y con los postres más dulces y más grasosos y con menos crema del mundo. Una delicia.
Te traía tu turrón, tu pie de manzana, tu cachito con manjarblanco que ya se notaba seco sobresaliendo del pan y te alegraba la noche agotadora que estaba por venir. Luego partía feliz con su sol cincuenta que te cobraba por el lonchecito y volvía a la mañana siguiente con sus panes con todo. Todos la esperábamos. Felices.

6 comentarios:

Jorge Ampuero dijo...

En estos tiempos extraño ese tipo de caseritas :)

Saludos...

Jo. dijo...

Te falto decir que usaba el mismo aceite todos los dias por una semana y que por eso le encotrabas el mismo sabor a todos los panes.. jeje

Humberto dijo...

betty era lo máximo, el otro día pasé por el hospital, y hasta se acordaba quien era, cuando roté por ahi, y que solo comía pan con huevo...
que rico pan con huevo frito frío y sal solo por un ladito. de luca.

Daniel dijo...

Claro!! Como olvidar a la tia tentacion! Viaje al pasado, simplemente alucinante. Gracias.

sathya dijo...

hijo no, tentacion era la otra, la gordita que pasaba a las 6 y media de la mañana con sus papas rellenas. la señora betty llegaba mas tarde.

Rick dijo...

Hola, he estado echándole un vistazo a tu blog y me ha gustado bastante así que quería proponerte un intercambio de enlaces. Yo también tengo un par de blogs, que quizá puedan interesarte, llamados El quimérico inquilino (personal, opinión, escritos literarios...) y Hotel Overlook (cine). Los puedes ver entrando en mi perfil. Si te parece bien la propuesta coméntamelo en el blog. Yo te enlazaría en los que me enlaces tú.

Un saludo.